martes, 13 de noviembre de 2012

Premio Planeta 2012, Lorenzo Silva y finalista Mara Torres



Lorenzo Silva ha sido este año el galardonado por su novela La marca del meridiano, la novela trata sobre una sociedad envilecida por el dinero sucio y la explotación de las personas, todavía el amor puede ablandar a las fieras. Un guardia civil retirado aparece colgado de un puente, asesinado de manera humillante además, como su autor indica también sobre aquellos que: “no deberían haber cruzado determinadas rayas ni saltado códigos de honor y por ello deben pagar”.
Además ha añadido: “Entre Madrid y Barcelona espero que no haya nunca ninguna raya divisoria. Todo lo que pueda haber no son más que rayas imaginarias”. Su protagonista es el brigadista Bevilacqua protagonista de su famosa serie de novelas, en ella se adentra más allá de los hechos y presenta un sólido retrato del ser humano ante la duda moral, el combate interior y las decisiones equivocadas.

Mara Torres ha sido la finalista, su novela La vida imaginaria narra la historia Nata, “Es una historia de amor. Un abandono que obliga a reinventarse en la vida, un periodo en que confundes realidad y deseo. Mi personaje es una reivindicación de la capacidad de soñar”, explica la escritora. También describe la situación previa a la novela: "Fortunata nació hace años en un momento delicado de mi vida, en el que me sentía sola, pero lo guardé en un cajón. Hasta que mis amigos empezaron a decirme que por qué no lo recuperaba, y así lo saqué del cajón". En ella conoceremos a Fortunata Fortuna, esta novela tiene el nervio de un relato confesional, divertido y emocionante. 

El jurado ha estado compuesto por Carmen Posadas, Rosa Regás, Juan Eslava Galán, Alberto Blecua, Ángeles Caso, Emili Rosales y Pere Gimferrer, y se han presentado un total de 432 obras presentadas desde todos los rincones del mundo. El ganador se lleva 601.000 euros, mientras que la finalista 150.250 euros.

Extractos: 

Me lo he pasado bastante mal. Carlota y Rita se han desperdigado a brincos en medio de la gente en cuanto han entrado y yo me he quedado sola en la barra, y como no sabía qué hacer me he pedido una copa y he empezado a mover un poco los hombros al ritmo de la música para que no se me notara que estaba colgada. He metido la mano en el bolsillo del pantalón porque me ha parecido que el movimiento se me daba mejor. Al ratito, han venido mis amigas: «Nata, tía, ¿estás bien?» Y yo: «¿Qué pasa? ¿Que no se me nota? ¿Que no se me nota que estoy hecha un trapo porque mi novio me ha dejado y tengo que volver a salir a estos sitios infames porque no me dejáis quedarme en casa, que es donde yo quiero estar, metida en la cama llorando hasta quedarme ronca?» Pensaba eso, pero les he dicho: «Sí, tías, no os preocupéis por mí, estoy bien, es que quiero estar un rato aquí sola.» Cuando se iban otra vez a la pista, Rita se ha dado la vuelta y me ha hecho un gesto que al principio no he entendido. «¡Que te saques la mano del bolsillo, que queda fatal!», ha gritado. «Ah, gracias... Perdón.» Y me la he sacado. Ella me ha guiñado un ojo y me ha sonreído. Yo a ella también. Sé que le doy pena y en el fondo yo también me doy pena, porque en estos tres años han cambiado mucho las cosas y yo no me he enterado de nada.
Por ejemplo, antes las canciones tenían letra. Que yo nunca me las he sabido, porque eran en inglés y siempre me las he inventado, pero por lo menos me sonaban. Ahora ni eso. Y no entiendo que la gente diga emocionada: «Vamos a este sitio, que pinchan de puta madre», y que las canciones sean sin letra, ni en inglés, ni en español, ni en arameo. Y lo que más me flipa: ¡se las saben! La gente se las sabe. La gente baila al compás y, cuando el dj hace una pausa y levanta la mano como mandando callar, todo el mundo se queda en silencio con su copa en alto sudoroteando y manteniendo la respiración. De repente, el dj baja la mano para volver a pinchar, pasa medio segundo, porque es medio segundo, que no han podido oír ni una sola nota musical porque no ha dado tiempo, y ya están todos berreando: «Temaaaaaaaaaazoooooooo», y se ponen a saltar moviendo la cabeza de un lado para otro y me jode. Me jode darme cuenta de que ya entiendo por qué nadie va con tacones, me jode no saber mover la cabeza como ellos y ver cómo bailan esa música sin letra porque yo también quiero. Quiero ser como toda esa gente que está superfeliz un sábado por la noche porque no tienen un Alberto en sus vidas. Mejor dicho, porque no tienen una «ausencia de Alberto» en sus vidas. Porque ninguno de los que están ahí bailoteando y dándose picos en la boca parece amargado y yo sí, y me quiero ir a casa. Porque todos tienen su vida y yo sólo tenía la suya: su casa, sus amigos, sus canciones, sus películas, sus restaurantes, sus vacaciones, su pueblo. Su, su. ¡Su! Qué palabra tan raruna. Sola no dice nada. Como yo. Antes yo también era una «su» y ahora ya no soy nada. Así que he agachado las orejas, he dejado la copa en la barra y me he venido a casa.
Y ya casi no me acuerdo del viaje a Nueva York, porque ésa es la putada de imaginarte cosas, que como te despistes un momento luego ya no te vienen a la cabeza.
Creo que me voy a dormir. Mañana es domingo y, como todos los domingos desde que te fuiste, tampoco tengo nada que hacer.

(Finalista Premio Planeta 2012)

Teníamos por delante tres horas de camino. Como de costumbre, aproveché para compartir con mi gente la información del caso. O una parte de la que excepcionalmente tenía sobre aquel hombre.
—Sesenta y dos años, subteniente del cuerpo en la reserva. Hoja de servicios brillante, dos cruces, una de plata y una roja, diez años en el norte en unidades antiterroristas, el resto en policía judicial en Cataluña, que fue donde coincidí con él. Fue mi jefe, tres años.
Desde el asiento de atrás, capté el gesto de Chamorro en el retrovisor. Para ella no era una revelación. Años atrás, cuando el subteniente Robles aún estaba en activo, había tenido ocasión de conocerlo durante una investigación que nos había llevado a Barcelona. Pero, como venía a indicarme con su expresión, le debía una explicación al joven guardia que acababa de saber de mi conexión con la víctima.
—Tienes razón, mi sargento —dije—. Siendo ortodoxos, yo no debería llevarlo. Pero Pereira está al tanto y me ha dado su bendición.
—Tú sabrás —se desentendió ella—. Sólo estaba pensando que, conociendo como conocías al difunto, lo mismo tienes alguna teoría.
—Mal puedo tenerla. Hacía mucho tiempo que no hablaba con él, y mucho más tiempo aún desde la época en que trabajamos juntos. Lo único que se me ocurre, en este momento, es que Robles, después de cuarenta años de benemérito y de haber llevado ante los jueces a decenas de malos, podía tener una legión de gente que lo quisiera lo bastante mal como para desear hacerle daño. Pero como la tengo yo o la tienes tú o dentro de poco la tendrá nuestro joven Arnau. La diferencia es que Robles estaba jubilado. Tendría que tratarse de alguien que hubiera rumiado durante años la venganza, lo que nos consta que no resulta demasiado común. Los desquites, o por lo menos aquellos que terminan en homicidio, se dan mucho más en caliente.
Los ojos de Chamorro buscaron los míos en el retrovisor.
—¿Eso es todo?
No esquivé su mirada.
—Por el momento, poco más puedo añadir. El resto, los detalles del hallazgo y demás, nos lo contarán cuando lleguemos.
—Era tu amigo —recalcó—. Lo que me pregunto es si no hay ninguna otra información que debamos conocer. O si hay algún motivo, aparte de vengar el honor del Cuerpo, para que te hayas dejado implicar en esta cacería. Ya que Juan y yo vamos a compartirla contigo, creo que tenemos derecho a saber si te mueve algún afán particular.
Tenían derecho, sin duda. Y la pregunta de mi sargento, como ella no podía saber, pero sí intuía, me inquietó ligeramente la conciencia. A veces no era fácil trabajar con ella, porque al cabo de los años ambos habíamos aprendido a leer más allá de nuestras palabras.
—No tengo ninguna sospecha y tampoco un afán particular —dije—. Más allá de lo que pueda apetecerme, como a cualquiera le apetecería, impedir que quede impune la muerte de alguien a quien conocía y apreciaba y con quien tenía una deuda de gratitud. Robles me enseñó, puede que más que ningún otro, el oficio de investigador criminal. Creo que hay cierta justicia poética en que el saber que él me transmitió sirva para que ahora los suyos tengan consuelo y para que quien le hizo esa canallada acabe en el agujero que merece. En eso es en lo que os he embarcado, a Juan y a ti. Ni más ni menos. Y confío en que no os parezca mal. Si os lo parece, os eximo de acompañarme.
Aun sin verle la cara, noté la incomodidad de Arnau.
—Por mi parte, está bien —declaró, conciliador.
Chamorro, en cambio, mantuvo un obstinado silencio.
—Hay que repostar —dijo al fin—. Y necesito un café.
Y, tras poner el intermitente, tomó el desvío de la gasolinera.

(Premio Planeta 2012)

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