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lunes, 25 de junio de 2012

Un rey sin diversión de Jean Giono


Gracias a la editorial Impedimenta por cederme un ejemplar de Un rey sin diversión

Langlois es quien decide investigar (a pesar de ser un teniente de montería de lobos) y que trata por todos los medios posibles que tiene a su alcance resolver las misteriosas desapariciones que, a diario, se dan en el pueblo. Primero desaparece una pequeña, después un hombre y el siguiente es una mujer. Todo ello en un ambiente frío en el que la nieve y todo por lo que ella pasa sirve para descubrir al culpable. Se hospeda en con la mujer apodada Salchicha, una casera muy especial que será quien de voz a este oscuro personaje además también profundizará en las misteriosos y ocultos escarceos en los que ha estado presente con el teniente.

sábado, 23 de junio de 2012

Fragmentos Nº45: Un rey sin diversión


Jean Giono
Un rey sin diversión

En cuanto empezó el invierno, volvió Langlois. Venía solo. Dejó el caballo en casa del alcalde, pero llevó la mochila al Café de la Carretera.
—Soy un viejo solterón —dijo—, y si me quedara allí arriba molestaría a la alcaldesa. Aquí me puedo fumar mi pipa y quedarme en pantuflas. Y me gusta la compañía. Ya no es cuestión del servicio. Tengo tres meses de permiso.
En fin, dijo todo lo que tenía que decir para que la gente se acostumbrase a verlo tras los cristales del café, sentado a horcajadas en su silla, mirando como caía la nieve.
Llevaba buenas armas y las cuidaba bien. Sus armas crearon tradición: de un fusil reluciente se dice aún en esa zona que es un langlois. Alineó sus pistolas sobre una mesa de mármol, a su lado. Las engrasó, las secó, puso los mecanismos al vacío, limó cuidadosamente los gatillos: «Esto acierta al milímetro», dijo. Apuntaba a los copos de nieve y los mantenía a tiro con el cañón de sus pistolas durante todo su descenso, sin perderlos de vista ni un segundo. Cargó sus armas, las instaló a su alcance:
—Y ahora —dijo—, a hacer de burgués. Y se ajustó la gorra de policía en plan chulo. Burgués de una burguesía que exhalaba un violento perfume a Abd el Kader.

domingo, 17 de junio de 2012

Fragmentos Nº43: Un rey sin diversión


Jean Giono
Un rey sin diversión

Pero hay que volver a subir. Aunque el vendedor ambulante solo pase una vez al año, trae tantos ejemplares de Veillée des Chaumiéres por dos chavos, que todo el mundo se entera de lo que ocurre con Garibaldi, con el mariscal Prim y con las exigencias de libertad. Ya nadie puede ignorar su siglo en ninguna parte. Hay que elegir el miedo, y no la bóveda.
De nuevo ponen el fusil al alcance de la mano, sobre la mesa, junto al plato de sopa. Las contraventanas, cerradas, la puerta, atrancada. No se ve la noche. Solo se sabe que la nieve ha empezado a caer de nuevo. Se hace el menor ruido posible al respirar, para asegurarse de no perderse ninguno de los ruidos que hace el resto del mundo, poder interpretarlos, saber de dónde vienen: si es de la rama de sauce que cruje bajo una nueva carga del hielo; si es el papel pegado a un cristal roto que vibra o golpetea; si es el pestillo que tintinea, un voladizo que gime, si son ratas que corren.
Todavía quince horas de espera.

miércoles, 26 de octubre de 2011

Novedades, octubre de 2011: Impedimenta

Un rey sin diversión de Jean Giono 

Traducción de Isabel Nuñez

ISBN: 9788415130222
Encuad: Rústica
Formato: 13 x 20 cm
Páginas: 224
PVP: 18,60 €

En el invierno de 1843, la región de Trièves, en la Provenza, permanece sepultada bajo la nieve. En un pequeño pueblo de la comarca empiezan a producirse una serie de misteriosos sucesos: una muchacha desaparece; un joven es atacado; un cerdo mutilado. La primavera llega cargada de cadáveres. Los lugareños, atemorizados, deciden recurrir a los gendarmes, y estos llegan al pueblo capitaneados por un enigmático individuo, Langlois, que pronto se revelará capaz de llevar a cabo los actos más monstruosos y crueles, y también los más compasivos. Un rey sin diversión es un relato hipnótico, oscuro, sensual, provocativo, que constituye un canto a la naturaleza en su dimensión más salvaje, que es también la más hermosa.


La serrería está justo en la curva, en la horquilla, al borde de la carretera. Allí se yergue un haya; estoy convencido de que no existe ninguna tan bonita: es el Apolo citaredo de las hayas. No es posible encontrar en un haya, ni en ningún otro árbol, una piel tan lisa ni de color más bello, una anchura más exac­ta, proporciones más justas, ni más nobleza, gracia y eterna juventud. Es exactamente Apolo, piensa uno nada más verlo, y sigue pensándolo incansablemente al mirarlo. Lo más ex­traordinario es que pueda ser tan hermoso y al mismo tiempo tan sencillo. Está fuera de duda que ese árbol se conoce y se juzga. ¿Cómo tanta justicia podría ser inconsciente? Bastaría un escalofrío de cierzo, un mal uso de la luz del atardecer, un voladizo en la inclinación de las hojas para que la belleza, des­moronada, dejara de ser sorprendente.

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