viernes, 5 de octubre de 2012

Sylvia de Howard Fast

Gracias a la editorial Erasmus por cederme un ejemplar de Sylvia

Alan Macklin, un detective de treinta y siete años, antes profesor de historia, es contratado para ir en busca de una misteriosa mujer de la que nada se sabe, solo un nombre, Sylvia. De ella se ha publicado un libro de poemas el cual define como un libro un tanto infantil pero que gracias a ello descubrirá la truculenta historia tras la que se esconde en el pasado de esta chica.


El detective se introducirá en una espiral que le llevara desde Los Ángeles a El paso pasando por Pittsburg o Nueva York, todo ello para dar con la misteriosa y escurridiza mujer. Tendrá que encontrarse con todo tipo de gente, como un cura muy diferente a todo los demás por su forma de pensar. Dará con las zonas más pobres de América, por los lugares más cochambrosos pero aun así, con un estilo muy singular aunque deslucidos por el paso del tiempo y la historia.


Fast consigue una narración reflexiva, pausada pero intensa e inesperada, cargada de descripciones sinuosas y realistas, casi oníricas en algunos párrafos. Descubriremos que el ser humano, con un puñado de dólares en el bolsillo, hace mención a la verdad, es por ello por lo que su protagonista se mueve a través de sobornos. El detective es un gran lector empedernido, critico con la situación que le rodea como la literatura de aquellos años.  Se mueve por la Nueva York de los años cincuenta en ambientes oscuros como la propia investigación del protagonista. En la novela, Howard, analiza a la sociedad de cerca y en sus textos las personas, sean cuales sean, son corrompidos, ya sean policías, curas o padres de familias desestructuradas.

Recomendado para aquellos a los que les gustan los policiales, también para los que tengan curiosidad por descubrir a un autor que convierte su novela en un análisis de la sociedad y sus oscuros matices. Y por último para los que gustan de los policiales y sus descripciones de la sociedad, en la novela encontraran un análisis de la América más pobre de los cincuenta y a la vez, un texto cargado de belleza frente a la crudeza de las situaciones de su protagonista.

Extractos:

La librería Dryden, en Santa Mónica, justo en la esquina con la avenida Roxbury, es propiedad de la señora Ann Golfarb, quien asimismo la dirige. El hecho de que sea una librería tan buena como cualquiera de las que hay en Los Angeles se debe a la personal atención de Ann, que sabe de libros más que nadie en este mundo. Y que continué siendo un negocio se debe a que esa parte de Beverly Hills es una ubicación tan idónea para una librería como podría serlo en cualquier lugar del país. Me tomo la libertad de llamar Ann a la señora Goldfarb —su marido había muerto durante la guerra, en el Boise— porque he sido un buen cliente durante mucho tiempo y porque de vez en cuando vamos a comer y al cine juntos. Ella, en correspondencia, me convida a tertulias en su casa. es una pequeña y robusta mujer de alrededor de los cuarenta, con vivos ojos azules, inteligente, rostro atractivo y un cabello cuya grisura no trata d disimular.
Es una de las pocas buenas amistades que he hecho en los Angeles y en cuanto me vio llegar me saludó con la cabeza e hizo una mueca como indicándome que el local era mío si tenía suficiente dinero para comprarlo. Yo curioseé hasta que se marchó el cliente con el que estaba; entonces se me acercó, me saludó cordialmente y me informó que había recibido el nuevo Penguin sobre los hititas.

—Vayamos a la jefatura.
Mientras íbamos en su coche me decía a mí mismo: «En este mundo todos apestamos; cualquier cosa que toques mancha. Le he corrompido con esos sucios veinte dólares y su mano se ha movido mientras su alma escupía sobre ello, aunque no sé si existe el alma. Creo que tendrá presentes esos veinte dólares cuando busque en los archivos, pues el único dios que vemos con nuestros dos ojos y ello le hará esforzarse un poco más».
Tuve razón, como pude comprobar en su momento. En la jefatura me senté a una mesa, a la que me trajeron las fotos y fichas. Comprobé treinta y siete Sylvias con problemas con la ley en Pittsburg, pero ninguna de ellas se parecía a la que buscaba ni por asomo. Busqué entre las menores de edad pero tampoco hallé nada. Principio y fin. Me detuve finalmente ante el despacho de Franklin para darle las gracias.
—Gracias por nada —dijo, con aspereza.
Salí de nuevo a la calle. En el parque Schenley me detuve ante el monumento conmemorativo de George Westinghouse, contemplé las lilas que lo bordeaban y pensé en Sylvia. Me senté en un banco y fumé un cigarrillo. Un par de jóvenes buscones que no tendrían los dieciocho trataron de tantearme. Regresé al hotel, me detuve en el bar para tomar un whisky y en él había una muchacha que no tendría los quince y que asimismo se me insinuó. Eso demostraba que resulto atractivo para todas las edades. Cené y subí a mi habitación en donde vi un rato la tele. Luego, leí poemas de Sylvia.

No hay sitio como el propio hogar;
Tómelo, señor
Restáurelo con sus recuerdos
Aunque esté ruinoso.
Encuádrelo entre campanas
Dios maldito, dios maldito, ding dong de las campanas
Aléjame lo que puedas mi día de bodas
Ah Wab purifícame del hogar, de cualquier hogar.

Editorial: Erasmus Ediciones
Autor: Howard Fast
Páginas:  214
Precio: 19 euros

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