jueves, 26 de septiembre de 2013

Novedades, septiembre de 2013: Tusquets Editores (II)



Pa, educació, llibertat de Petros Márkaris

NARRATIVA (F). Novela
Septiembre 2013
L'Ull de Vidre UV 50
ISBN: 978-84-8383-494-7
País edición: España
256 pág.
17,30 € (IVA no incluido)

Som en un futur imminent: el 2014, Grècia es declara en fallida i retorna a la dracma; no triga a seguir-la Espanya, que recupera la pesseta.
El comissari Kostas Kharitos i la seva família s’hauran d’estrènyer el cinturó: no li ingressaran la nòmina durant tres mesos i potser no podrà ni pagar la gasolina. Paralitzada l’economia i empobrit el país, només augmenten les protestes i algunes iniciatives solidàries dels joves, però també la violenta amenaça de l’extrema dreta. Enmig d’aquesta situació, apareix assassinat un ric contractista d’obres, un home ja madur que va participar en els Fets de la Politècnica, l’any 1973, quan els estudiants es van rebel·lar contra la dictadura militar. Al costat del cadàver, un telèfon mòbil emet la proclama que els estudiants cridaven en aquella època: «Pa, educació, llibertat». ¿Ha tornat Grècia a aquells temps tan negres? ¿Continuen sent vàlides aquelles reivindicacions? El comissari Kharitos, amb el seu reduït grup d’ajudants, intentarà aclarir un assassinat que el durà a furgar entre la classe empresarial, universitària i sindical que ha dirigit el país els últims quaranta anys.


El sosté amb la mà esquerra, mentre li passa el palmell de la  dreta per sobre suaument, com si estirés un paper arrugat. La mà li tremola a mesura que el toca.
—¿Us ho podeu creure? El trobava a faltar —murmura.
El que té a la mà és un bitllet de mil dracmes, idèntic als  que coneixíem antigament, amb el Discòbol de Miró imprès en una cara.
—Mamà, amb aquest bitllet de mil demà no podràs pagar ni un cafè —li diu la Katerina.
Aquest «demà» és l’1 de gener de 2014. Avui és el darrer dia del 2013 i ens disposem a celebrar el Cap d’Any en companyia d’en Fanis, la Katerina i els nostres consogres, la Sebastí i en Pródromos.
—Pensa que fa més patxoca cobrar mil dracmes per un cafè que no pas tres euros —li respon l’Adrianí.
—Sí, però és que ara un euro són cinc-centes dracmes.
—No li amarguis la nit —li murmura en Fanis.
—Ja se l’amargarà demà.
—Deixem-ho, doncs, per a demà —li respon secament en Fanis.
—Katerina, nosaltres ja ho hem viscut, tot això, i hi estem acostumats —intervé la Sebastí—. ¿Saps quants milers de dracmes pagava la meva mare per un quilo d’arròs després de la guerra civil? Pródromos, ¿recordes quant costava un quilo d’arròs abans de la devaluació de l’any 53?
—Només falta que em preguntis quants canons tenia el cuirassat Avérof —li respon en Pródromos.

Liquidación final (MAXI) de Petros Márkaris

POLICIACOS (F). Otros
Septiembre 2013
MAXI MAX 014/7
ISBN: 978-84-8383-754-2
País edición: España
344 pág.
8,60 € (IVA no incluido)

Mientras los griegos ricos se las ingenian para no pagar impuestos, los griegos empobrecidos por la crisis sólo pueden indignarse ante el escandaloso fraude fiscal o desesperarse ante el empeoramiento de la situación. Sin embargo, un hombre ha decidido pasar a la acción y tomarse la justicia por su mano. Con cartas de amenaza y armas anticuadas, se dispone a ajustar cuentas. Entretanto, en la Atenas al borde de la quiebra, todo está patas arriba, excepto el Departamento de Homicidios. No hay crímenes, sólo rutina y burocracia. Cuando encuentran el cadáver de la primera víctima que se cobra ese peculiar justiciero, el comisario Kostas Jaritos casi siente alivio. Su jefe le ha hablado de un posible ascenso, pero de momento le han recortado el sueldo y su hija Katerina piensa en emigrar porque no encuentra trabajo. Y él tiene que atrapar a un asesino que realiza una obra «providencial», aplaudida por muchos ciudadanos.


Están sentadas la una frente a la otra en dos sillones de respaldo bajo y con reposabrazos de madera. Ante ellas, sobre una mesita, hay un televisor del tamaño de un viejo monitor de ordenador, y está encendido, pero ninguna de las dos mira la pantalla. Tienen los ojos cerrados y la cabeza vencida a un lado. En la calle, un emigrante toca en el acordeón uno de aquellos valses con los que, antaño, los recién casados inauguraban el baile tras el banquete de bodas.
Las otras dos están en la habitación contigua, un dormitorio, tendidas en una cama de matrimonio y con la mirada fija en el techo. Las cuatro visten con sencillez, con ropa barata como la que venden en las tiendas de los barrios humildes. Tres de ellas llevan chaqueta de lana negra, porque llovizna y hace fresco. La cuarta luce un vestido pasado de moda, con un estampado de florecitas silvestres. Las dos mujeres que están en la salita llevan medias gruesas y zapatos negros planos. Las otras dos, como buenas amas de casa, han dejado sus zapatillas junto a la cama y se han acostado sólo con las medias.
Kula pasa por mi lado, mira a las mujeres de los sillones y se santigua.
—¿Qué más nos queda por ver? —se pregunta.
El piso, que está en la segunda planta de un edificio en la calle Eólidos, en el barrio de Egaleo, no tiene más de sesenta metros cuadrados. La salita y el dormitorio dan a la calle, mientras que la cocina y el pequeño cuarto de baño lo hacen a un patio de luces.
Me acerco a la mesa cuadrada de madera, cubierta con un mantel bordado, y vuelvo a leer la nota:
«Somos cuatro mujeres jubiladas, solas en el mundo. No tenemos hijos ni perros. Primero nos recortaron la pensión, nuestra única fuente de ingresos. Después tuvimos que buscar a un médico privado para que nos recetara nuestros medicamentos, porque los médicos de la Seguridad Social estaban de huelga. Cuando por fin conseguimos las recetas, en la farmacia nos dijeron que no servían, porque la Seguridad Social les debe dinero, y que tendríamos que pagar las medicinas de nuestro bolsillo, de nuestra pensión recortada. Nos dimos cuenta de que somos una carga para el Estado, para los médicos, para las farmacias y para la sociedad entera. Nos vamos, así no tendréis que preocuparos por nosotras. Con cuatro jubiladas menos, mejorarán vuestras condiciones de vida».

Vive como puedas (MAXI) de Joaquín Berges

NARRATIVA (F). Novela
Septiembre 2013
MAXI MAX 038/1
ISBN: 978-84-8383-734-4
País edición: España
304 pág.
8,60 € (IVA no incluido)

Por más que le recomienden tomarse las cosas con calma, y que su mujer, naturista convencida, quiera inculcarle los hábitos de una aburrida vida sana, Luis no gana para sobresaltos. Su primera mujer, Carmen, se ha casado con su primo Óscar, un arribista que no sólo se ha quedado con ella sino también con el puesto al que aspiraba Luis en la empresa de energía eólica para la que trabaja. Entre llamada y llamada de su madre para hablarle de la tensión arterial, Luis intenta resolver los conflictos de su hijo pequeño en el colegio, preocuparse de los líos de sus hijos mayores con las drogas de diseño, asumir que sigue enamorado de Carmen y aplaudir las actuaciones de un peculiar payaso que conoce gracias a sus hijos. Mientras, el viento hace girar las palas de los aerogeneradores como saetas de un reloj que descuenta el tiempo que le queda de vida. Así, entre complicaciones crecientes y vivencias al límite, el equilibrio algo inestable de su situación inicial acaba volviéndose un descontrolado desequilibrio estable lleno de giros hilarantes.


Escribo sobre la mesa que hay en mi dormitorio. Sandra está dormida. Los niños casi. Acabo de escuchar el lamento de Everest pidiendo agua o pis. No he llegado a entender lo que ha dicho, ni falta que hace. El ciclo de los fluidos orgánicos es reversible: si le doy agua no tardará en tener ganas de hacer pis y, si hace pis, dentro de un rato pedirá agua. Los mayores están en la buhardilla chateando por internet con sus amigos virtuales, que básicamente son sus amigos reales sólo que enmascarados mediante un nick y un avatar. Su comportamiento también es cíclico aunque no reversible. Más bien incomprensible, inadmisible y otros adjetivos terminados en –sible. Sin embargo me gusta que pasen los fines de semana en casa, entre otras razones porque me recuerdan a su madre, a quien cada vez tengo menos oportunidades de ver.
Siento la obligatoria y tal vez ridícula tentación de comenzar este diario anotando mi nombre y algunos datos personales a modo de presentación. Quizá pretendo coger carrerilla para lanzarme a averiguar quién demonios soy, como un avión cargado de queroseno ante una pista de despegue en perspectiva. O un bonzo igualmente cargado de queroseno con una cerilla encendida en la mano. Me llamo Luis, tengo cuarenta y tres años, odio los espejos y trabajo en una fundación dedicada al desarrollo de las energías alternativas. Tengo cuatro hijos. Dos de mi primera mujer, uno de mi segunda y una hijastra que venía con ella (¿como en un pack de oferta del supermercado?). Estudié ingeniería industrial aunque desarrollo mi labor profesional en el departamento financiero de la fundación (la formación imprescindible para escribir comedias). Lo hago con responsabilidad y dedicación, pero habría preferido formar parte de la junta rectora que se encarga de gestionar los proyectos de investigación.
Hace tiempo estuve a punto de lograrlo. Los miembros de la junta se habían citado para aprobar mi nombramiento. Era una reunión con el orden del día cerrado y no se esperaba ningún contratiempo, pero justo entonces apareció mi primo Óscar con su currículum de ciencia ficción, su impecable bronceado, su nariz respingona y su cabello cortado a capas y me quitó el puesto. Por extraño que parezca no me sorprendí. Mi primo siempre ha codiciado lo que yo tengo y ha hecho lo imposible por arrebatármelo, sirva como ejemplo que hacía tan sólo unos días lo había pillado en la cama con mi primera mujer. Y supongo que entra dentro de lo posible que un sujeto que persigue a tu esposa esté igualmente interesado en tu puesto de trabajo. Y quizá también en tu casa, tu coche, tu segunda residencia y quién sabe si en tus cuentas bancarias, hipotecas y deudas excluidas.
Aquel día de la reunión fue el propio Óscar el encargado de hacerme saber que me había quitado el puesto. Lo hizo en presencia de los demás miembros de la junta rectora, levantándose de la silla y caminando alrededor de la larga mesa para pavonearse delante de mí. Era la primera vez que nos veíamos después de haberlo pillado en la cama con Carmen y, francamente, no sabía de lo que me estaba hablando.

La edad de la empatía (Fábula) de Frans de Waal

CIENCIAS SOCIALES (NF). Antropología
CIENCIAS SOCIALES (NF). Psiquiatría, psicoanálisis, psicología
Septiembre 2013
Fábula F 369
ISBN: 978-84-8383-498-5
País edición: España
360 pág.
9,56 € (IVA no incluido)

¿Es instintiva la compasión que nos mueve a preocuparnos por los demás? ¿O, como se afirma a menudo, hemos venido al mundo sólo para luchar por nuestros propios intereses y nuestra supervivencia individual? En esta provocadora obra, el aclamado autor de El mono que llevamos dentro estudia de qué modo surge la empatía y el altruismo en el ser humano y en los animales.
A partir del análisis de la conducta de chimpancés, bonobos y capuchinos, así como de delfines y elefantes, De Waal nos muestra que muchos animales se preocupan por sus congéneres y están dispuestos a acudir en ayuda de sus semejantes, en algunos casos arriesgando sus vidas. Así pues, la empatía sería un rasgo ancestral que caracteriza a animales y a hombres, lo cual contradice la sombría visión que de la naturaleza humana sostuvieron Darwin y Freud. la edad de la empatía desarrolla un extraordinario –y controvertido– enfoque de este sentimiento en el mundo animal, al tiempo que nos lleva a preguntarnos qué nos hace humanos. Haciendo gala de un estilo llano y repleto de anécdotas, además de una fina ironía y una incisiva inteligencia, de waal nos ofrece una lectura esencial en nuestro turbulento presente.


El niño besuqueado

El filósofo alemán Immanuel Kant daba tan poco valor a la benevolencia humana como el ex vicepresidente de Estados Unidos Dick Cheney al ahorro de energía. Cheney menospreciaba el ahorro como un «signo de virtud personal» que, por desgracia, no haría ningún bien al planeta. Kant consideraba que la compasión era «bella», pero irrelevante para una vida virtuosa. ¿Quién necesita buenos sentimientos si el deber es todo lo que cuenta?
Vivimos en una era que ensalza lo cerebral y rebaja las emociones como expresión de sensiblería y desequilibrio. Peor aún, las emociones son difíciles de controlar, ¿y acaso no es el autocontrol lo que nos hace humanos? Como eremitas resistiéndose a las tentaciones de la vida, los filósofos modernos intentan mantener a distancia las pasiones humanas y centrarse en la lógica y la razón. Pero, así como ningún eremita puede evitar soñar con hermosas doncellas y apetitosos manjares, ningún filósofo puede desentenderse de las necesidades, ansias y obsesiones básicas de una especie que, por desgracia para ellos, es de carne y hueso. La idea de una «razón pura» es pura ficción.
Si la moralidad deriva de principios abstractos, ¿por qué los juicios morales son a menudo instantáneos? Apenas necesitamos reflexionar sobre ellos. De hecho, el psicólogo Jonathan Haidt cree que llegamos a ellos de manera intuitiva. Haidt presentó a sujetos humanos diversas situaciones de conducta extraña (como un encuentro nocturno entre hermano y hermana), que los sujetos enseguida desaprobaban. Luego los instó a dar las razones que se les ocurrieran para rechazar el incesto, hasta que se quedaron sin argumentos. Podrían haber dicho que el incesto lleva a engendrar hijos anormales, pero en el experimento de Haidt los hermanos empleaban un método anticonceptivo eficaz, lo que invalidaba este argumento. La mayoría de sujetos pronto alcanzaba la fase de «enajenación moral»: insistían obstinadamente en que la conducta era incorrecta, sin saber decir por qué.
Está claro que a menudo tomamos decisiones morales inmediatas que nos salen de las «entrañas». Nuestras emociones deciden, y luego nuestro poder de raciocinio, como si de un asesor de imagen se tratara, intenta urdir justificaciones plausibles. Dicha mella en la primacía de la lógica humana ha propiciado el retorno de las aproximaciones prekantianas a la moralidad. Éstas anclan la moralidad en los llamados sentimientos, una concepción que casa con la teoría evolutiva, la neurología moderna y el comportamiento de nuestros parientes los primates. Aunque esto no quiere decir que los monos sean seres morales, estoy de acuerdo con Darwin en que hay un continuo entre la moralidad humana y la socialidad animal, como escribió en El origen del hombre:
[...] todo animal, cualquiera que sea su naturaleza, si está dotado de instintos sociales bien definidos [...], inevitablemente llegaría a la adquisición del sentido moral o de la conciencia cuando sus facultades intelectuales llegasen o se aproximasen al desarrollo a que aquéllas han llegado en el hombre.
¿Cuáles son esos instintos sociales? ¿Qué es lo que hace que nos preocupemos por la conducta de los demás, o por los demás? El juicio moral obviamente va más allá, pero el interés por los otros es fundamental. ¿Dónde estaría la moralidad humana sin él? Es el cimiento sobre el que se edifica todo lo demás.
En el ámbito corporal ocurren muchas cosas en las que raramente nos paramos a pensar. Cuando escuchamos a alguien que nos cuenta una historia triste, de manera inconsciente dejamos caer los hombros, inclinamos la cabeza como la otra persona, copiamos su expresión facial, etcétera. A su vez, estos cambios corporales generan en nosotros el mismo estado de abatimiento que percibimos en la otra persona. Más  que meternos en la cabeza de nuestro interlocutor o interlocutora, es nuestro cuerpo el que remeda el suyo. Lo mismo vale para otras emociones más alegres. Recuerdo una mañana en que, al salir de un restaurante, me sorprendí a mí mismo silbando. ¿Por qué me había puesto de tan buen humor? La respuesta es que había estado sentado al lado de dos hombres, obviamente viejos amigos, que no se veían desde hacía mucho tiempo. Habían estado dándose palmadas en la espalda, riendo, contándose historias divertidas. Esto debió de elevar mi espíritu, aunque no conociera a aquellas personas ni estuviera al tanto de su conversación.

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