miércoles, 11 de septiembre de 2013

Novedades, septiembre de 2013: Impedimenta (II)



Colegiala de Osamu Dazai 

Traducción de Ryoko Shiba y de Juan Fandiño

ISBN: 978-84-15578-93-2
Encuad: Rústica
Formato: 13 x 20 cm
Páginas: 272
PVP: 19,95 €

Una chica joven, de familia pobre, se ve obligada a cometer un robo por amor. Una mujer mayor confiesa que una noche, muchos años atrás, se sintió fuertemente atraída por un hombre al que apenas conocía.
Un ama de casa narra su sufrimiento al descubrir que su marido tiene una amante. Una muchacha narra cómo empeoró su vida tras recibir un premio literario… Los relatos incluidos en Colegiala abordan con tremenda delicadeza y exquisitez el universo femenino y sus contradicciones: la vergüenza, el amor no correspondido, la incomprensión ante la muerte de un ser querido, la felicidad extrema o, simplemente, los pensamientos que pasan por la cabeza de una adolescente japonesa de posguerra.


He de confesar algo. He cometido un robo. Soy cons­ciente de que está mal y de que me he equivocado. Pero…, no, mejor lo contaré desde el principio. Le suplico a Dios que me escuche. No necesito a nadie que me ayude en estos momentos. Los que quieran creerme, que me crean.
Soy hija única de una familia que se dedica a la fabricación de geta. Ayer por la tarde, mientras cortaba cebolletas sen­tada en la cocina, escuché como un niño llamaba a su her­mana llorando desde la parcela que hay detrás de casa. Me quedé quieta y pensé que si yo también hubiese tenido un hermanito o una hermanita pequeña como aquel niño, que me siguiese y me llamase llorando, puede que no me hubie­se visto envuelta en una situación tan miserable. Pensando en ello, me brotó una lágrima tibia debido al escozor que me producían las cebolletas. Cuando me las quise quitar con el dorso de la mano, fue peor, y los ojos me empezaron a escocer todavía más; no podía parar de llorar, y no supe qué hacer.
Fue justo este año, en la época en la que salían las hojas verdes entre las flores de cerezo y se empezaban a vender claveles y lirios en los puestos de las ferias nocturnas, cuando empezó a circular el rumor entre las mujeres que iban a la peluquería de que había una joven caprichosa que había perdido la cabeza por un chico. Recuerdo con nostalgia aquellos días. Cada noche, cuando caía el sol, Mizuno venía a buscarme. Solía prepararme con antelación y, antes de que se pusiese el sol, ya estaba toda vestida y maquillada. Recuerdo que salía y entraba de casa sin parar para ver si había venido. Al cabo de un tiempo me enteré de que los vecinos murmuraban sobre mí, riéndose, y me señalaban intentando disimular: «Mira, Sakiko, la hija del fabricante de geta, se está volviendo loca». Mis padres también se dieron cuenta de ello, pero no me dijeron nada.

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