miércoles, 19 de junio de 2013

Novedades, junio de 2013: Erasmus Ediciones



El collage de Manuel Sánchez Oms

Colección: PENSAMIENTO DEL PRESENTE
ISBN: 978-84-15462-12-5
Precio con IVA: 19.00 €
N° páginas: 188
Encuadernación: Rústica

El presente ensayo condensa toda una década de investigaciones historiográficas sobre el collage llevadas a cabo por Oms. A diferencia de los estudios precedentes, presenta por primera vez esta revolución del arte del siglo XX como un fenómeno histórico. Esta aventura nos guía a través de los parámetros económicos y sociales que administran la cotidianeidad, por ser éste el verdadero ámbito donde surgieron las motivaciones por las que la obra artística desapareció para resucitar en un nuevo renacimiento cultural representado por las vanguardias históricas. Los logros de éstas, preocupadas por el conocimiento de una realidad alienada que debía ser reconstruida, permanecen latentes en nuestra realidad, a pesar de haber sucumbido al poderío de su enemigo: el arte institucionalizado. Ahora es aquel que investiga nuevos órdenes, unidades y sentidos.


Nuestras ciudades del futuro de Almudena Garrido y Guillermo Gándara

Colección: EMPRENDER EL PRESENTE
ISBN: 978-84-15462-15-6
Precio con IVA: 19.00 €
N° páginas: 356
Encuadernación: Rústica

En el actual contexto lo local y lo global interactúan continuamente. La complejidad ha adquirido, por ello, carta de naturaleza y constituye un principio que explica lo que está sucediendo en las ciudades del siglo XXI. En esta obra un conjunto de expertos de primer nivel recapitalizan los aprendizajes de visiones, planes y estrategias empleados en ejemplos de éxito como Bilbao, Donostia y Vitoria. La meta de este libro es inspirar a otros territorios y municipios en la adopción de mejores prácticas para el desarrollo de nuestras ciudades del futuro. 

domingo, 16 de junio de 2013

Fragmentos Nº116: El pantano de las mariposas



Federico Axat
El pantano de las mariposas


Tres veces por semana, acudía en mi bicicleta a casa de los Meyer para leerle y hacerle compañía a Joseph, mientras su esposa Collette aprovechaba para visitar a sus amigas o reunirse con los del club de lectura.

sábado, 15 de junio de 2013

Fragmentos Nº115: La segunda vida de Viola Wither



Stella Gibbons

La segunda vida de Viola Wither

Levantaron la vista sobresaltadas y allí, sobre una conejera junto a la linde del bosque, vieron al Ermitaño mirándolas con ternura. Al Ermitaño le agradaba la compañía femenina, pero no podía disfrutar de ella muy a menudo.

miércoles, 12 de junio de 2013

Novedades, junio de 2013: Impedimenta (II)



Andanzas del impresor Zollinger de Pablo d'Ors 

ISBN: 978-84-15578-68-0
Encuad: Rústica
Formato: 13 x 20 cm
Páginas: 144
PVP: 17,95 €

Para salvar su propia vida, el joven August Zollinger abandona su pueblo natal y permanece lejos durante siete años, emprendiendo en solitario un camino de aventuras y descubrimientos que le llevará a ejercer todo tipo de oficios. Lo que se impone como un amargo exilio terminará por convertirse en una ruta de iluminación: conocerá el amor verdadero en la minúscula garita de una estación de ferrocarril, donde recibe todos los días la llamada oficial de una misteriosa telefonista; paladeará la camaradería y la amistad más fiel en las filas del ejército; descubrirá el misterio de la naturaleza en la evanescente grandeza de los bosques… Y, sobre todo, aprenderá a valorar la dignidad de los oficios pequeños y humildes. Los pertrechos que irá ganando a lo largo de este recorrido harán de él un hombre íntegro que puede por fin regresar a casa y convertirse en un buen impresor, el oficio con el que ha soñado desde la infancia.


Ya fuera por los altísimos techos de la imprenta de los Staufer o por la misteriosa y mortecina luz de sus talleres, o quizá por el fuerte olor a tinta que desprendía el local, el caso es que, desde niño, August se sintió irremisiblemente atraído por el oficio de impresor. Ya con seis años eran muchas las tardes que pasaba sentado sobre un taburete en un rincón de la imprenta, viendo como el viejo Staufer prensaba el papel y extraía grandes pliegos de unos rollos inmensos que tenía clavados en la pared y que poblaron a menudo los sueños de su infancia. Fascinado por el proceso de producción del libro, el pequeño observaba como el viejo preparaba amorosamente el papel, colocándolo en la prensa, para eliminar así el aire que pudiera quedar entre las hojas. Con ojos grandes como platos seguía el movimiento de las manos expertas del impresor, introduciendo los cordeles en la textura y ajustando la distancia entre unos y otros, no sin antes haber impregnado el cordel en cera, para vencer de este modo las naturales resistencias del papel. De todas aquellas lecciones mudas, August aprendió, por ejemplo, que la costura podía hacerse de un extremo al otro del libro (a la española), alterna cada dos pliegos (a la francesa), o incluso con cintas (para libros de especial grosor). Rompiendo su habitual hermetismo, Staufer padre le explico en cierta ocasión como los acabados podían ser en rustica, en tela o incluso en piel —si es que el cliente era adinerado—, permitiendo que le ayudara a pegar el primer pliego a la primera hoja, para asegurar la consistencia del tomo. Pero lo que más le gustaba al niño Zollinger era, sin duda, el momento en que el viejo impresor golpeaba el lomo con un martillo diminuto, para así dar al volumen la justa flexibilidad.
Por otro lado, el ruido de la maquinaria tipográfica, así como la fragancia de la tinta fresca extendida en los rodillos, quedarían indeleblemente grabados en la memoria del hijo de los Zollinger. Así las cosas, mientras Rudolf Staufer, con quien compartía el pupitre de la escuela, se iba a los bosques a jugar con el resto de los muchachos, el pequeño August contemplaba al padre de Rudolf en el desarrollo de su oficio, admirando la maestría con que encolaba los cartones con una brocha o con que cosía los cordones a las páginas, por ejemplo, o su habilidad para que un fardo de papeles quedara perfectamente ordenado en una pila; o, y esto era lo que prefería, embriagándose con aquel olor a tinta que impregnaba la atmosfera.

martes, 11 de junio de 2013

Novedades, junio de 2013: Caballo de Troya



Retrato con fondo rojo de Jesús Felipe Martínez

Temática: FICCIÓN MODERNA Y CONTEMPORÁNEA
ISBN: 9788415451198
Formato: TAPA BLANDA CON SOBRECUBIERTA
páginas: 464

Ya sabemos que una cosa es el narrador y otra cosa el yo del autor, pero lo que no está tan claro es la condición real o ficticia desde la que habla ese narrador que toma la voz y se nombra en plan retrato, memoria, herencia, crónica, acusación o prueba de descargo, que algo así es lo que viene a suceder en este Retrato con fondo rojo, en el que el yo personal y propio de un militante antifranquista alcanza a ser memoria de una generación y de una época.

¿Qué quiere este libro de nosotros? ¿Cantar la cólera de Aquiles? ¿Ser crónica de una muerte anunciada? ¿Recordarnos aquello del ubi sunt las indignaciones de antaño? ¿O acaso pretende, qué ingenuo, que nosotros, tan posmodernos, nos manchemos las manos y emitamos un juicio final sobre una generación que vivió la llegada de la píldora anticonceptiva, la tele en blanco y negro, y vio morir a Franco en su cama mientras sonaba aquella canción de adelante hombre del seiscientos la carretera nacional es tuya?

¡Señor! ¡Señor! ¡La de cosas que hemos visto!


La escuela
Poco antes de cumplir los siete años mis padres cayeron en la cuenta de que debían escolarizarme y en el mes de febrero me llevaron a un grupo escolar situado en el paseo de Linarejos. Se trataba de un edificio alargado, de dos pisos, con amplios ventanales y fachada en la que se alternaba el blanco de la piedra con el rojo del ladrillo. Al igual que en el muro que separaba nuestras Casillas del paso de Linarejos, unas grandes pilastras actuaban como contrafuertes. Algunos plátanos de Indias y palmeras rodeaban el edificio escolar, con un agradable contrapunto de colores y formas. No sé si estas escuelas habían sido construidas por el mismo arquitecto del muro y de la estación de Madrid, o si las similitudes de sus trazas respectivas se debían a influencias arquitectónicas. En todo caso la estación de ferrocarril, situada enfrente, al otro lado del paseo, respondía al estilo de todos esos edificios alzados a finales del siglo XIX, y en este caso con la alternancia de franjas blancas y rojas en la fachada y los grandes ventanales del colegio.
De los cuatro meses pasados en aquella escuela recuerdo que la señorita (morena, con moño, piernas varicosas y un culo que arrastraba con dificultad por el aula) nos hacía cantar las tablas aritméticas, y tonadillas religiosas del estilo de Con flores a María, o copiar en nuestras pizarritas las frases silabeadas, o acabar las sumas y restas que ella había escrito en el encerado. Cuando concluíamos los deberes y le llevábamos nuestra obra, raramente se mostraba satisfecha. Antes bien solía obligarnos a borrar la pizarra entre pescozones para finalizar con un pellizco retorcido que duraba el tiempo de su amenaza: «La próxima vez la vas a borrar con la lengua, desgraciado ignorante, que sois todos unos pobres ignorantes como vuestros padres, zoquetes, más que zoquetes». Yo me erigía en blanco especial de sus iras, por cuanto de los números y letras sólo conocía lo que mamá, en los escasísimos paréntesis que le dejaban sus multiples labores, iba escribiendo haciéndome reconocer cifras y caracteres del alfabeto con paciencia infinita y humedeciendo el lápiz con la lengua para que resaltasen más sobre el papel de envolver de estraza.
Durante ese largo verano linarense Lilí me enseñó a leer, a escribir, y la suma y la resta, así que cuando, al curso siguiente, fui a la escuela de don Andrés, tenía una base más sólida que la de muchos de mis compañeros, aunque estos llevasen ya uno o dos años teóricamente escolarizados.
Y digo teóricamente porque, salvo para un reducido grupo de alumnos, las ausencias resultaban más frecuentes que las presencias. A la ayuda en las labores campesinas, las gripes y otras enfermedades, se unían los muchos mandaos que debían hacer por las mañanas porque sus madres estaban ocupadas con la casa y los bebés, y, sobre todo, la sugerencia de cualquier camarada camino de la escuela: «Cucha, hacemos rabona y nos vamos a pajarillos. No veas qué hormigas de ala cogí ayer».
También yo comenzaba a hacer algunos recados, sobre todo ir a comprar a una tienda de ultramarinos situada al comienzo del paseo, casa de Sarmiento, se trataba de un espacioso salón divido por un largo mostrador de madera con cajones. Sobre el mostrador reposaban una rema de papeles de estraza para envolver, dos grandes frascos con caramelos, los botes de sal y azúcar, un cajoncito con pimentón, la espeluznante guillotina de cortar el bacalao y la balanza de dos platillos de bronce con las pesas de hierro. Además, en este mostrador estaban clavados el molinillo de café, rojo, con una forma que recordaba un embudo y unos aromas que case me embriagaban, y la máquina niquelada para sacar aceite, una bomba alargada con una manivela que el dependiente iba girando hasta llenar el recipiente aportado por el cliente con aquel líquido verde oliva de olor algo carrasposo. Pocas eran las veces que yo llevaba aceite de esta tienda, pues papá solía traerlo de sus viajes mucho más barato y mamá lo estiraba friéndolo y refriéndolo cuantas veces resultaba culinariamente posible a uno y otro lado del mostrador había sacos con patatas y legumbres, cestos con frutas y la gran caja redonda de las sardinas arenques que yo le había pedido que me guardase, una vez vacía, para hacer una plaza de toros. Pero el coso o bien no se vació antes de que nos mudásemos de casa o bien el dueño de la tienda había decidido darle otra utilidad, así que nunca puede realizar esta obra. Detrás del mostrador toda la pared estaba cubierta por estantes formando cajoncitos forrados de papel donde se distribuían los variados productos de este colmado. Cuando terminaba mi compra, yo recitaba de manera formularia el «apúntamelo, que ya se lo pagará mi madre», mientras el señor Sarmiento iba trasladando a un grueso cuaderno la relación y precio de los productos adquiridos. A principios de mes mamá vendría a liquidar la cuenta y se quedaría casi sin dinero para los gastos venideros con lo cual se volvería a recurrir al fiado.

viernes, 7 de junio de 2013

Después del terremoto de Haruki Murakami



Un ovni aterriza en Kushiro, es el relato que da comienzo al libro. La esposa de Komura desaparece de forma súbita, dejando atrás la vida que hasta ese momento había mantenido con su pareja, tras ver de forma continua y frente a un televisor noticias sobre el terremoto. Poco después su jefe le manda enviar un misterioso paquete, por lo que tiene que viajar a Hokkaido.

jueves, 6 de junio de 2013

Antonio Muñoz Molina, Premio Príncipe de Asturias de las Letras 2013



«Su obra incide además en la hondura y la brillantez con que ha narrado fragmentos relevantes de la historia de su país, episodios cruciales del mundo contemporáneo y aspectos significativos de su experiencia personal» Estas son las palabras del director de la Real Academia Española, Jose Manuel Bleca. El escritor ha sido ganador del prestigioso premio que no se concedía a un autor español desde 1998.

martes, 4 de junio de 2013

Novedades, junio de 2013: Impedimenta (I)



Inocencia de Penelope Fitzgerald 

Traducción de Pilar Adón
Epílogo de Terence Dooley

ISBN: 978-84-15578-59-8
Encuad: Rústica
Formato: 14 x 21 cm
Páginas: 352
PVP: 22,75 €

La joven Chiara Ridolfi acaba de salir del colegio inglés en el que ha pasado su infancia. Al llegar a Florencia, donde viven su padre y su tía, descendientes de una antigua familia de nobles italianos ahora venida a menos, se enamora perdidamente del doctor Salvatore Rossi, un hombre recio, hecho a sí mismo y con una inmensa conciencia de clase. Pero a partir de su primer encuentro, en un concierto para violín de Brahms, el mundo parece confabularse para que sientan que todo se interpone en su camino. El carácter de ambos, insegura ella e inflexible él, ayuda a hacer de su vida algo insoportable. Hasta que alguien decide adoptar una medida sorprendente y extrema, fruto de una peculiaridad ancestral del temperamento familiar.


El conde estaba seguro de que jamás el Cielo ni la Naturaleza habían otorgado a nadie, y menos a un niño, un corazón tan compasivo como el de su hija. Resultaba imposible, impensable incluso, separarla ahora de Gemma, así que se vio obligado a prometerle a su hija que cualquier cosa que se le ocurriera para ayudar a la pobre Gemma en su desesperada situación la llevarían a cabo, fuera lo que fuera y costase lo que costase.
Por aquel entonces la niña estaba a punto de cumplir los ocho años, edad en que la mente empieza a operar de manera lógica, sin albergar más dudas acerca de lo aprendido hasta el momento, ya que deja de preocuparse por la posibilidad de que pueda existir un mundo diferente al que conoce. Esta fue la razón (por ejemplo) de que no hubiera puesto nunca en tela de juicio el hecho de su propio confinamiento en La Ricordanza. Había aprendido, por otra parte, algunas cosas importantes acerca del dolor, y sabía que valía la pena sufrir hasta cierto punto si dicho sufrimiento conducía finalmente a algo más apropiado o más hermoso. A veces, en alguna ocasión especial, hacía que le rizaran el pelo. Y eso le dolía un poco. Del mismo modo, los jardineros de su padre solían sumergir en agua hirviendo las ramas de los limoneros que crecían en los huertos de La Ricordanza. Los árboles perdían así todas las hojas, pero las nuevas volvían a brotar con mucha más fuerza.
Mientras tanto, Gemma se había aficionado a subir y bajar las otras escaleras del jardín, las imperfectas: aquellos antiguos tramos de peldaños gigantes que habían quedado abandonados y dispersos por aquí y por allá, y que solo debían usarse en juegos muy determinados. La pequeña Ridolfi se propuso hallar una solución y rezó con todas sus fuerzas para dar con el camino adecuado que la sacara de aquel embrollo. Al cabo de unas semanas se le ocurrió una solución: ya que Gemma no debía ser consciente jamás de la diferencia cada vez más acusada que existía entre ella y el resto del mundo, a buen seguro se sentiría mucho mejor si se quedara ciega… Es decir, sería más feliz si alguien le sacara los ojos. Y, ya puestos, como parecía que no había manera de que dejara de subir y bajar aquellas escaleras tan raras, a la larga, sin duda, sería mejor para ella que le cortaran las piernas a la altura de la rodilla.

sábado, 1 de junio de 2013

Novedades, mayo de 2013: Caballo de Troya



Las vacaciones de Iñigo y Laura de Pelayo Cardelús

temática: FICCIÓN MODERNA Y CONTEMPORÁNEA
ISBN: 9788415451211
formato: TAPA BLANDA CON SOBRECUBIERTA
páginas: 224

Íñigo y Laura, después de cinco años de matrimonio y tras saber que al fin esperan un hijo, deciden pasar una semana de vacaciones en las playas salvajes y solitarias de Zahara de los Atunes.

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