domingo, 13 de enero de 2013

Fragmentos Nº99: Antonio B. el Ruso, ciudadano de tercera



Ramiro Pinilla
Antonio B. el Ruso, ciudadano de tercera

—Eh, Ruso, ven p’acá —dice un guardia—. No tengas miedo hombre, que tú eres un valiente para otras cosas. ¿A que nunca habías visto a un gobernador? Pues ahí lo tienes.
—¿Qué es un gobernador? —digo.
—El jefe de todo lo de por aquí. El que manda más, después de Franco. Está de visita, sólo quería veros, pero a este paso no os verá.
El guardia me ha señalado a un hombre que está en el centro de la plaza. Es gordo, con poco pelo y aplastado contra la cabeza, bigote pequeño, y va vestido con chaqueta y pantalones muy nuevos, camisa blanca y una tela colgándole de la nuez del cuello. Le rodean tres o cuatro hombres vestidos como él y un grupo de guardias nuevos en el pueblo. En esto que llega Rogelia, la mujer del pedáneo, con la cara blanca de miedo y una brazada de yerba y la reparte entre aquellos tres cacharros, dejando mañizos en el suelo, delante de los morros. Los hombres bien vestidos y los guardias sueltan una carcajada.
—¿Qué hace esa mujer? —dice el gobernador.
—Dar de comer a nuestras monturas, Excelencia —dice uno de los hombres que visten como él, casi sin poder hablar por la risa.
El gobernador se pone serio.
—Dios mío. ¿A qué sitio hemos llegado? —dice.

sábado, 12 de enero de 2013

Fragmentos Nº98: Una vacante imprevista


J. K. Rowling 
Una vacante imprevista


Andrew Price cerró la puerta de la casita blanca y bajó detrás de su hermano pequeño por el empinado sendero del jardín, crujiente de escarcha, que conducía hasta una fría cancela metálica que había en el seto y el camino que allí empezaba. Ninguno de los dos se molestó en contemplar la vista que se extendía más abajo: el diminuto pueblo de Pagford recogido en una hondonada entre tres colinas, una de ellas coronada por las ruinas de una abadía del siglo XII. Un riachuelo serpenteaba bordeando esa colina y pasaba por el pueblo, donde lo cruzaba un puente de piedra que parecía de juguete.

viernes, 11 de enero de 2013

Fragmentos Nº97: El país imaginado

Eduardo Berti 
El país imaginado 

Abuela, dice. ¿Estás ahí?
Por supuesto, le respondo.
No te veo.
Si enciendo la luz, eso te va a despertar y ya no estaré más acá.
¿No hay manera de que te tenga más cerca?¿No hay modo de poder tocarte?
No respondo. No logro decirle nada…
Abuela, vuelve a decir. ¿Abuela?
Sí. Perdón, me estaba durmiendo.
¿Cómo es posible?¿No soy la única aquí con derecho a dormir?
No sé, alcanzo a contestar.
Te estabas durmiendo…
Sí.
¿Y qué iba a pasar, entonces?
No tengo la menor idea. Acaso terminara conversando conmigo misma.
Hay otra historia, me dice. Me acabo de acordar de ella. Me la contabas a menudo, cuanto tenía unos nueve años.
No me acuerdo de ninguna. ¿Cómo era?
Todas las tardes un anciano acostumbra a dormir la siesta. Sus nietos, que son decenas, le preguntan por qué lo hace. Él le responde: «Voy al país de los sueños para encontrarme con nuestros antepasados». Al dormir, el viejo sueña que conversa con sus más sabios ancestros. «Un día, transmitiré estas enseñanzas a mis descendientes.» Sin embargo, el tiempo pasa y el anciano no transmite ninguna enseñanza. De modo que los nietos, todos, resuelven dormir la siesta una tarde muy calurosa. Apenas despiertan, le dicen a su abuelo: «Fuimos al país de los sueños para encontramos con nuestros antepasados». Lleno de curiosidad, el viejo quiere el mensaje de los venerables ancestros. Uno de los nietos le dice: «Llegamos al país de los sueños, nos encontramos con nuestros antepasados y preguntamos si era verdad que nuestro abuelo venía aquí todas la tardes. Ellos nos respondieron que jamás te han visto. Dicen que no conocen a ningún abuelo».

jueves, 10 de enero de 2013

Novedades, enero de 2013: Impedimenta (I)




Los habitantes del bosque de Thomas Hardy

Traducción y postfacio de Roberto Frías

ISBN: 978-84-15130-44-4
Encuad: Rústica
Formato: 14 x 21 cm
Páginas: 452
PVP: 19,95 €

Grace Melbury, la preciosa y delicada hija de un próspero maderero que haría cualquier cosa por ella, regresa al pequeño pueblo de su infancia después de haber recibido una refinada educación lejos de allí. Su reencuentro con quien siempre estuvo destinado a ser su marido, Giles Winterborne, les revela a los dos que, pese a todo lo que él pueda amarla, no está a la altura de sus nuevas expectativas sociales y, en cambio, sí lo está el nuevo médico de la región, el aristocrático Edred Fitzpiers, que aparece rodeado de libros y de un raro halo de misterio. La relación que se establece entre los tres se verá salpicada de malentendidos y traiciones, pero también de una devoción y una lealtad que conducirán a un desenlace extraordinario.


—En ese lugar al que se dirige, vive un joven doctor. Es muy inteli­gente y sabio, pero dicen que no vive ahí para curar a nadie, sino porque tiene trato con el diablo.
Era una mujer la que le había lanzado este comentario al barbero du­rante la despedida, como en un último intento de averiguar cuál podía ser la naturaleza de su misión.
Pero el barbero no respondió, y se precipitó sin más hacia aquel rin­cón sombrío, pisando con cuidado las hojas muertas que casi cubrían por completo el camino, o la calle, del caserío. Ya que muy pocas per­sonas, a excepción de ellos mismos, pasaban por allí después del ano­checer, la mayoría de los moradores de Little Hintock consideraba que las cortinas eran algo innecesario. Así, el visitante pudo ir deteniéndose frente a las ventanas de cada una de las casitas que encontró a su paso, con un comportamiento que evidenciaba su esfuerzo por deducir el paradero de alguien que residía allí. Fue fijándose en todas las personas y en todos los objetos que pudo descubrir en el interior.
Solo le interesaban las viviendas más pequeñas. Ignoró por completo una o dos casas cuyo tamaño, antigüedad e intrincadas dependencias daban a entender que, a pesar de la lejanía, habían sido habitadas, si es que no seguían estándolo, por gentes de una posición social considera­ble. El olor a pulpa de manzana y el siseo de la sidra en fermentación, provenientes de la parte trasera de algunas viviendas, revelaban la más reciente ocupación de algunos de los habitantes, y se incorporaban al aroma de descomposición que las hojas moribundas despedían desde el suelo.
El hombre había pasado ante media docena de moradas sin resultado alguno. La siguiente, situada frente a un árbol alto, se encontraba en un estado de excepcional resplandor; el brillo centelleante del interior subía por la chimenea, y convertía el humo emergente en una niebla luminosa. Visto a través de la ventana, ese mismo interior lo obligó a detenerse con aire decisivo, y a observar. El lugar era más bien grande para tratarse de una casa de campo, y la puerta, que daba directamente al salón, estaba entreabierta, así que una cinta de luz escapaba por el resquicio y se perdía en la oscura atmósfera del exterior. De tanto en tanto, una palomilla, ya decrépita al final de la estación, revoloteaba un instante ante los rayos de luz y luego desaparecía otra vez en la noche.

martes, 1 de enero de 2013

Nochebuena roja y blanca Navidad - Epilogo



Sintió el cosquilleo de vacío que siempre presagiaba el deseo y la urgencia de escribir. En este vacío algo estaba adquiriendo forma, algo crecía. Una especie de nuevo cuento de Navidad… La misma nieve de siempre, un conflicto totalmente nuevo…

Cuentos completos (El cuento de Navidad)
Vladimir Nabokov

Año nuevo, vida nueva. Eso dicen pero es una gran mentira, un tópico que se une a los propósitos que tampoco se cumplirán. Poco después de las ocho y media de la mañana se dirigió hacia el quiosco del callejón, una pequeña tienda de estructura metálica pintada de gris. Allí pidió al encargado de la tienda los periódicos del día. Se dirigió de nuevo a su casa con los diarios bajo el brazo, al caminar las hojas crepitaban a su paso, había que tener cuidado para no resbalar con ellas pues, la mayoría estaban humedecidas por la humedad de la noche y muchas de ellas adheridas al suelo por la helada.
Al abrir el primero, el de letras grandes y verdes y dirigirse a la sección de Madrid leyó el titular, Una persecución en mitad de Madrid para atrapar al asesino de mujeres después pasó al de las azules, en el ponían la noticia en un pequeño titular en la portada, situada en la parte inferior de la página, decía así, Detenido el asesino de los cuchillos de cocina el pequeño texto que adelantaba el articulo empezaba así: Han detenido al sospechoso de acabar con la vida de tres mujeres, agredir a otra y atropellar a un taxista, el cual se encuentra en el hospital de La Paz, y estrellarse en la Cibeles. Trató de llegar a un acuerdo con el Sargento de la policía pero, al final, se entregó. Fue llevado a las dependencias de la comisaría para que declarara y después fue encerrado en el calabozo. El detenido será juzgado el día… sigue en página 12, En cambio, el de las grapas titulaba así el artículo, La policía detiene al asesino tras una semana de dura investigación y todos los demás ignoraban la noticia en su página principal, otro de ellos, el más polémico, añadía una gran foto central en el que se mostraba al acusado llevado por los policías a las dependencias policiales.
Dejó los ejemplares a un lado y encendió la tele del comedor, en el programa de la mañana estaban hablando de la crisis, cambió a otro canal y descubrió que estaban hablando de lo acontecido el día anterior de esta manera: Tras descubrirse el domicilio del sospechoso los policías situados en lugares estratégicos frente al portal esperaron a que saliera, cuando este salió por el garaje comenzó la persecución por la céntrica Gran Vía… para poco después abrir al debate en una mesa acristalada sobre la seguridad y la violencia en la sociedad ...nunca había habido tanta violencia como en la actualidad, yo me pregunto porque alguien mata así, por no hablar de…
—¿Qué haces levantado a estas horas?, anda, vete a dormir que después de tanto ajetreo en la comisaria estarás molido. Pero si has ido a comprar la prensa del día, muchas gracias por echarme una mano. Mira, he comprado churros, porras y chocolate para desayunar.
—De nada —se acercó a ella y la dio un beso en la mejilla, estaba seguro que a ella le había gustado el gesto—, me voy a echar hasta las nueve y media, quizás más, guárdame algunos antes de que se despierten los enanitos.
—No te preocupes, te los dejo en el horno, ahí no miran —cogió la bolsa de papel un tanto grasienta después de sacar algunos churros y porras y dejarlos en un plato, la introdujo—. En el microondas dejo los de los demonios —esto se lo dijo más a sí misma— Que descanses.
—Te aseguro que lo haré…

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